
La cuestión fundamental que me atrevo a sostener aquí, y que repetidamente intentara durante más de quince años, es la de que para que concluyan este siglo y también este milenio ha de aguardarse hasta la noche del 31 de diciembre del año 2000; y no, como se ha venido sosteniendo, que ese momento ha de llegar a la medianoche del 31 de diciembre de 1999.
Para arribar a tal "atrevida" afirmación, quiero recurrir a este sencillo razonamiento:
- 1. Si desde el teórico día del nacimiento de una persona cualquiera hasta ahora han transcurrido ya veinticinco años y fracción, significa que el sujeto está viviendo ahora en el vigésimo sexto año de su vida.
- 2. Con ese mismo razonamiento, desde el momento de la instalada iniciación de la era cristiana, han transcurrido completos 1998 años y fracción, por lo que estamos a este momento viviendo en el 1999º año de la actual era cristiana.
- 3. Consecuentemente, faltan un año y fracción para arribar a un nuevo siglo y también el mismo tiempo para llegar a un nuevo milenio, que respectivamente habrán de denominarse bimilésimo primer año o 2001 avo año (2001º) y tercer milenio (3ero. o III)
Sin embargo, a medida que transcurren los días y los meses del año actual (1999), son más frecuentes las noticias sobre los preparativos para esperar el advenimiento del nuevo siglo y del nuevo milenio al fin del actual 1999, es decir, en la noche del 31 de diciembre de 1999.
Con tal "programa de bienvenida", se llegaría, increíblemente, a ingresar en el siglo y en el milenio al que me refería un año antes, es decir, inmediatamente después de que hayan transcurrido 1999 años de la era cristiana, con lo que, desde un punto de vista rigurosamente aritmético, se estaría sosteniendo que 2000 es igual a 1999, es decir, una afirmación total y absurdamente falsa, tanto como decir que veinte siglos contienen 1999 años..
La cuestión adquiere una singular importancia desde algunos puntos de vista, especialmente aquellos que hacen a la relaciones contractuales, históricas o simplemente informativas respecto de acontecimientos, derechos, vencimientos, prescripciones, etc. referidas globalmente a circunstancias ocurridas o esperadas conforme se refieran al siglo que acaba o al que ha de sucederlo. Piénsese, por ejemplo, en una herencia a favor del primer nacido en el siglo 21º o en la muerte del último en el siglo 20º, en la mentada entrega del canal de Panamá a su país al término del siglo XX (si así se hubiera definitivamente resuelto), etc.
Por otra parte, independientemente de tales circunstancias, no es poca cosa privar de un año completo a un siglo (o de agregarle uno si se llegara demostrar que equivocamos en esta afirmación), ello así respecto de la adjudicación de acontecimientos, afirmativos o negativos, a un siglo o a un milenio.
Las precedentes reflexiones tienen por objeto poner el acento sólo en la disciplina aritmética, y nada más que en ella. Descarto, por lo tanto (y ello así para facilitar sólidas conclusiones), las etapas históricas de las sucesivas vigencias de los calendarios que nos han regido a través del tiempo, sea dentro o fuera de los campos de las religiones o de las convenciones universales para contar los intervalos del tiempo.
Concretamente, traigo a la reflexión, como única guía, una regla graduada desde el 0 hasta el 20, en espacios de un centímetro de longitud. El primer centímetro será el que va entre el punto cero y el punto 1, el segundo entre éste y el punto 2, y así hasta que el vigésimo centímetro será el que va entre el punto 19 y el 20. Habremos medido entonces 20 centímetros, equivalentes para este ejemplo a 20 siglos, con un comienzo (punto cero) y un final (punto 20). Por lo que querer afirmar que 20 siglos se componen de 1999 años es como absurdamente afirmar que 20 centímetros son 19 centímetros (o que un metro se compone de 99 centímetros)...
Pues bien, este sencillo ejemplo es plenamente válido también para otro concepto: así como cien años (un siglo) no puede constar de 99 años, tampoco un milenio puede constar de 999 años. Por lo que, necesariamente, el fin del año 1999 no puede ser comprensivo de los dos primeros milenios de nuestra cuenta (2000 años); para entrar en el tercer milenio, como se viene anunciando, ha de esperarse que transcurran íntegros los 2000 años (correspondientes a los dos primeros milenios).
Es necesario señalar también un modo absolutamente equivocado de referirse a los períodos de tiempo cuando se acostumbra, erróneamente, a identificar "década" con la penúltima cifra del año corriente (por ejemplo, la novena (9ª) década respecto de los años 1990 a 1999), en vez de su lugar ordinal en el siglo, ya que, como cualquiera de todos los siglos, este actual vigésimo (20º) siglo de la era cristiana contiene diez décadas, una para cada período de diez años, comenzando con la de 1901/10 (la primera) y concluyendo con la de 1991/2000 (la última).
Si se siguiera la vía del absurdo anteriormente mencionada, se llegaría a llamar "década CERO" a la comprendida entre el año 2000 y el 2009, conclusión ésta increíble para la aritmética elemental.
Adviértase aquí que, como se lo ha señalado al principio, vuelve a auxiliarnos la técnica de acudir a los números ordinales (en lugar de los cardinales), por lo que ha de admitirse que para llegar a los 2000 años completos de nuestra era han de transcurrir, también completos, los correspondientes a los dos primeros milenios, inclusive éste en el que vivimos, que llega hasta este momento como 1999º (o mil novecientos noventinueve "avo"), o sea el penúltimo del siglo y del milenio..
Como resumen de esta sencilla conclusión, no cabe duda alguna que el 31 de diciembre del año 2000 a la hora 24 terminan el año 2000, el siglo 20 y el segundo milenio de nuestra era; y respectivamente, en ese momento y no antes, comienzan el año 2001, el siglo 21 y el tercer milenio.
Estas sencillísimas conclusiones han sido sostenidas casi uniformemente por la mayoría de los que, en busca de una verdad sólida e inmutable, se han venido oponiendo a la equivocada interpretación de "un siglo al que le falta un año" (o un milenio con un año menos). Sin embargo, pese a tales afirmaciones, se está sosteniendo casi universalmente, que en la noche del 31 de diciembre de 1999 tenemos que recibir el siglo XXI (!...), y ello así a partir de fiestas que se encuentran en preparación: tanto así en Londres, por ejemplo (donde parece que Greenwich no respeta su liderazgo mundial en llevar la cuenta del tiempo), como en el Vaticano respecto de los anuncios del Papa sobre el nuevo siglo que en verdad comienza en el año 2001 (y no en el 2000), como en proyectos multitudinarios para festejar el gran acontecimiento que se avecina.
A propósito de estas tan elementales afirmaciones, que ciertamente no han podido pasar desapercibidas para la mayoría, parece casi increíble que una enorme cantidad de anticipos nos estén informando diariamente el "fausto acontecimiento" de recibir a las 12 de la noche del 31 de diciembre de 1999 (y primer minuto del 2000) el ingreso al siglo XXI, no obstante que uniformemente se lo admite como un mayúsculo disparate.
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